jueves, 9 de febrero de 2012

FELIX VARGAS


Félix Vargas
Maurica, 1993
Óleo sobre tela
20 x 30cm
Barcelona, estado Anzoátegui
Colección Manuel Bas

Félix Vargas
Joropo Criollo, 1994
Esmalte industrial sobre masonite
49 x 60 cm
Barcelona, estado Anzoátegui
Coleccón Manuel Bas


Félix Vargas
Cruz de Mayo en Maurica, 1993
Oleo sobre Tela
60 x 50 cm
 Barcelona, estado Anzoátegui
Coleccón Manuel Bas

Félix Vargas la Redención a Través de la Pintura

            Félix Vargas es un personaje oscuro y olvidado para Barcelona. Un sujeto olvidado, y si alguien lo recuerda, lo hace con amargura, porque para el común denominador de los barceloneses era un antisocial, un marginado social. No culminó la primaria. Fue un granuja, que muy joven comenzó su carrera delincuencial por allá por los años sesenta, teniendo como epicentro “Playa Maurica”. Creó fama en Barcelona por su actividad delictiva. En 1973 fue apresado por la Policía Metropolitana, procesado por la justicia y condenado a 20 años de prisión, de los cuales dieciocho cumplió en el Internado Judicial de Ciudad Bolívar y los dos últimos años en el Internado Judicial de Barcelona (Cárcel de Puente Ayala).
            Claro está el objetivo de estas líneas no es el de hacer una “ficha delictiva” de Félix, he dicho todo esto sobre él para poner las cosas en el contexto, de lo que en definitiva quiero expresar es, sobre su breve última etapa de su vida: Felix Vargas “el pintor”. Estando pagando sus dos últimos años de condena en la “Cárcel de Puente Ayala”, el Ministerio de Justicia, a través de la Dirección de Prisiones organizó una serie de talleres formativos para los presos, para cuando salgan en libertad tengan un oficio para insertarse en la sociedad. Vargas se inscribe en el taller de artes plásticas, dando así sus primeros pasos como artista. Los cuadros que pintaba estando en prisión le servía de manutención.
            Una vez puesto en libertad en 1993, regresa a su casa donde había vivido, en el sector Buenos Aires de Barcelona, donde nació probablemente en 1934. Todo había cambiado. Era un extraño para la gente que había conocido. Ahora se encontraba sobre sus espaldas con todos los estigmas sociales: desempleado, expresidiario, minusválido, marginal, viejo y enfermo; pero aun así, en estas circunstancias, Félix Vargas no volvió a delinquir.
            La actividad artística que había comenzado hacia 1991, la continúo hasta su muerte. Su actividad pictórica fue breve y fugaz. No dejó muchas obras pintadas, pero tuvo la voluntad y el coraje para seguir su carrera artística y alejarse de la vida delictiva. Para Félix Vargas la pintura fue como una “redención” de sus penas. Se dedicó por entero a ella, se mantenía económicamente de uno u otro cuadro que vendía.
            Hacia el 1993, comenzó a frecuentar la “Marquetería Barcelona” de Manuel Alcalá, ubicada en Barcelona en la esquina que hace con las calles: San Carlos con Ayacucho, quien le adquiría los cuadros que le llevaba Vargas. Este lugar era visita obligatoria para el pintor porque tenía mercado para sus obras. Conocí a Felix Vargas en 1996 en el negocio antes referido, por intermedio de Alcalá. A partir de ese entonces entablamos una amistad, le compre varios cuadros. Alcalá y yo nos convertimos en alguna medida en sus mecenas.
            Su obra pictórica es tan fugaz como su vida. Naturalmente nunca hizo una exposición, a él no le importó hacerla. Cuadro que pintaba, cuadro que vendía para subsistir, pero aun así, la pintura era un asunto serio para Vargas. No creo que ningún museo hubiera tenido agallas para hacerle una exposición a un expresidiario marginal, pero más allá de todo esto, hay algo cierto, Félix Vargas era un genuino pintor. Un hombre que fue catequizado por la pintura, para lograr su redención. Su obra no fue conocida en Barcelona, por lo tanto tampoco apreciada, excepto por su círculo de amigos de la “Marquetería Barcelona”. Como todo expresidiario, sale marcado de la cárcel de por vida, con el estigma de “hombre malo”, del que nadie debe fiarse. Quizá esto influyó en su anonimato como pintor. Sin embargo, el Félix Vargas que yo conocí, era un hombre amable, tranquilo: era un pintor.
            Además de la “Marquetería Barcelona”, aunque con menor frecuencia, visitaba la “Marquetería Sapina” de Francisco Femenias”, ubicada en la Avenida el Amor de Barcelona, al lado de la Notaría Pública, donde vendía parte de su producción artística. De esta manera, a grandes rasgos transcurrió sus cinco años que tuvo en libertad, la cual le dedicó a la pintura.
            El pintor empleó como soportes: cartón piedra, telas y papeles. Estos se los suministraba Manuel Alcalá. En cartón piedra y tela produjo un grupo de obras con un fondo monocromos: negro y blanco, de perspectiva plana, pintadas algunas con esmalte industrial, otras con óleo, influenciadas por la obra de Feliciano Carvallo, que seguramente vio en alguna revista. Sobre este fondo negro o blanco escamatizaba con colores vivos su obra con una opulencia cromática, como una especie de ráfaga de emoción lírica que produce en la retina del ojo un deliquio colorir. Abordaba temas: tradicional, folklórico y festivo. También pintó marinas, que tomaba como motivo “Playa Maurica”, Barcelona, que para pintarlas el artista se trasladaba hasta la playa donde pasaba horas contemplando y pintando. Estas obras denotan escenas marinas como detenidas en el tiempo, cargadas de nostalgia, que le traía al artista muchos recuerdos. Trabajo cierta cantidad de acuarelas en block de dibujo donde se ocupó de la arquitectura urbana y de paisajes.
            A finales de 1998, una mañana paso por la “Marquetería Barcelona” a despedirse, porque al día siguiente lo hospitalizaban, estas fueron sus últimas palabras: “mañana me hospitalizan, vengo a despedirme, porque creo que no regreso”. Estaba enfermo, muy enfermo, se veía hinchado. A los pocos días de hospitalizado, muere de hidropesía en el Hospital Central “Dr. Luis Razetti” de Barcelona estado Anzoátegui a los 64 años de edad, dejando como enseñanza que la pintura fue para él como una “redención”, después de haber llevado una vida contrahecha.
            Después de muerto participó en tres exposiciones. En abril de 2001, Manuel Alcalá incluye una obra de Félix Vargas, en una muestra colectiva en el marco de la celebración del XIV Aniversario de la Fundación de la Universidad Gran Mariscal de Ayacucho (UGMA). En el 2004, Moshe Aramati, Director – Propietario de Sharon Galería, Centro de Arte, selecciona una obra del artista, para la colectiva “Perspectivas Múltiples”, Arte Ingenuo Venezolano”. Participa con una obra  en una muestra en la celebración de las Fiestas Patronales de San Mateo, Estado Anzoátegui, organizada por la Casa de la Cultura, en el 2007; siendo éstas las únicas en que ha participado hasta la fecha.
            El hecho de que el artista no gozó en vida del reconocimiento de su trabajo artístico, esto no implica que se escriban estas líneas para dar a conocer su vida y obra como una manera de rescatarlo del olvido. Es posible de que me acusen de escribir sobre un artista secundario o mediocre en la Historia de la Pintura de Anzoátegui, prefiero optar por la amplitud pluralista y tolerante y no negarle a Félix Vargas una oportunidad póstuma de ejercer el derecho de mostrar su obra. Creo que vale la pena, porque nuestro pintor encontró en la pintura su redención.


Los Teques, 30 de enero de 2012

Manuel Bas. Profesor Agregado. Universidad Simón Rodríguez  


Palabras de Agradecimiento. Quiero expresar mi gratitud a mi amigo, compañero de ruta en las artes, Artista Plástico, Licenciado Manuel Alcalá, por el aporte de información valiosa para la realización de este trabajo.

martes, 24 de enero de 2012

EDUARDO FULCO

 Eduardo Fulco
Paisaje, 1968
Óleo sobre tela
53x45 cm
Barcelona, Estado Anzoátegui


Eduardo Fulco
Muchacho Cazador, 1968
Grafito sobre cartón
30x20 cm
Barcelona, Estado Anzoátegui
Fotografía cortesía Dr. Oswaldo Mora Núñez


 
Eduardo Fulco
La Catedral de Barcelona, 1984
Témpera sobre canva
60,9x50,8 cm
Barcelona, Estado Anzoátegui 



Eduardo Fulco El Pintor de la Vieja Casa Colonial de la Calle Bolívar.

       Eduardo Fulco es uno de esos casos en la que a pesar de haber vivido en la calle Bolívar, a dos cuadras de la Avenida 5 de Julio (ahora Boulevard 5 de Julio), en el Casco Histórico de Barcelona, estado Anzoátegui, en una vieja casona colonial; ciudad ésta en la que los límites en términos urbanísticos la hacían demasiada pequeña que parecía una ciudadela atrapada por la ruralidad, si la comparamos con la de hoy, en la que muchas zonas rurales son ahora urbanas; permitiendo aparecer muchas barriadas populares. En esta ciudad estrecha, como detenida en el tiempo, epicentro de la vida pública de Anzoátegui, era fácil conocer bien sea de trato o de oida a las personas que en ella vivían. Sin embargo, Eduardo Fulco fue un desconocido para sus coterráneos. Desconocido dos veces: como ciudadano nadie lo recuerda; ni mucho menos como Eduardo Fulco el pintor.

       Esto se debe por razones que no están ni siquiera muy claras para su familia, pues sin explicación alguna, Fulco siendo un adolescente, decidió no estudiar más e imponerse autoencierro voluntario en aquella vieja casona, de la calle Bolívar de Barcelona, en la que llevó una vida monástica y de celibato dedicado al culto de la pintura. A partir de ese momento perdió contacto con la vida social convirtiéndose en sujeto antisociable, desarrollando una sociopatología conocida como “Síndrome Diógenes”. No se sabe si esto fue ocasionado por algún desvarío amoroso o amistoso. No se casó, no tuvo hijos. No obstante, esta circunstancia derivó en consagrar su vida a la actividad pictórica, sin haber cursado estudios en ninguna escuela de arte. Nunca participó en exposición alguna. Su obra fue desconocida para sus contemporáneos. Fue un pintor que vivió en el anonimato artístico.

       Por aquellas circunstancias de la vida, diecisiete años después de su muerte, su sobrina Antonieta Fulco decidió dar a conocer públicamente los cuadros de su tío. Le propuso a su amiga Maritza Vieira, estudiante de la Escuela de Arte “Armando Reverón” gestionar para hacer una exposición. Ésta última le comunicó la idea a Eduardo Lezama, hijo del fallecido poeta y pintor barcelonés, Eduardo Lezama quien me convenció para ir a ver las pinturas. Lezama me puso en contacto con Maritza Vieira y fui con ella a la casa de Fulco, vi algunas pinturas, las cuales me parecieron interesantes, seleccioné una obra: “La Catedral de Barcelona (1984)”, que incluí en dos proyectos expositivos, los cuales llevé a cabo conjuntamente con el Museo Anzoátegui donde se exhibió una obra de Fulco en dos muestras; Arte Popular del Estado Anzoátegui (2007) y Testimonios en el Tiempo (2008) dándose así a conocer su obra.

       El pintor fue contemporáneo artísticamente con Gerardo Aguilera Silva, Armando Rafael Andrade y Raúl Aquiles Savino, pero la circunstancia de aislamiento en que vivió no le permitió participar en el movimiento artístico de Barcelona, que ya para 1959, estaba funcionando la Escuela de Arte “Armado Reverón”  que tuvo como directores fundadores a dos figuras estelares del arte venezolano: Mauro Mejías y Luis Luksic, gestándose  así un movimiento artístico interesante en la capital de Anzoátegui. Además ésta era una de las pocas escuelas de arte que funcionaban en el interior del país, a la que vinieron personas de los estados circunvecinos a estudiar en ella artes plásticas.

       El artista nació en Barcelona, estado Anzoátegui, Venezuela el 29 de abril de 1937 donde murió el 3 de julo de 1990. Cursó estudios hasta primer año de bachillerato en el extinto Liceo “Don Bosco”. Este colegio funcionaba en una vieja casa en el lugar donde está actualmente el Banco Mercantil, frente a la plaza Bolívar de Barcelona. En 1950 abandonó los estudios, siendo adolescente aún. Por esta data comienza su encierro voluntario y su actividad como pintor y dibujante.

       En sucesivas visitas que hicimos el artista plástico Manuel Alcalá y mi persona, con el recibimiento de su sobrina Antonieta Fulco contabilizamos casi un millar de obras entre pinturas y dibujos, mayormente pintados sobre cartulinas, cartones, papel bond, cuadernos, block de dibujo; en muy reducido número telas y canvas. Desgraciadamente la mayor parte de su obra se deterioró por las características alcalinas de los soportes y la forma de resguardo. La mayoría de esos trabajos fueron hechos con témperas, guaches, pasteles, grafito y en menor escala con óleo. Estos materiales se lo proporcionaba Juan Fulco, su hermano, propietario de la Librería “Best Sellers”.

       Entre otras cosas que dejó este extraño pintor, estaban revistas y libros de arte relacionado principalmente con el arte renacentista y el impresionismo francés, lo que de alguna manera explica aquellos paisajes pintados empleando la técnica puntillista y los retratos y desnudos pintados. Estos paisajes en la manera del manejo del color tienen como referencia a Armando Rafael Andrade, aunque seguramente no se conocieron. Sus paisajes representaban bosques floridos de gran belleza y luminosidad, con un cielo azular de azulejo, con aquellas nubes algodonosas en forma de grandes franjas horizontales, teniendo como constante personajes en caza furtiva, donde él se representaba rodeado de perros y gatos; que pareciera tener un valor simbólico por la manera insistente del artista en representarlos en su obra. Estos paisajes seguramente tomados de revistas, no representaban lugar alguno debido a que el pintor no salió nunca de su casa, de modo que la imaginación y su creatividad jugaban un papel importante en sus cuadros. Sus trabajos pintados con la técnica puntillista son cuidadosos, delicado, demorado como si tuviera toda la vida para pintar, como naturalmente ocurrió. Pinto también próceres patrios y retratos de familiares tomado de antañas fotografías que lo extrapolaba a un ambiente que no correspondía con la época en que vivió el pintor.

       Dedicó tiempo para pintar un número considerable de autorretratos donde aparecía cazando animales, o en el bosque descansando. Estos cuadros parecía un mecanismo inconsciente de salida del encierro en que vivía él. Se despide de la vida y de la pintura en la ejecución de un cuadro donde representa una escena paisajista donde aparece él en el bosque con su caballete pintando con un gato echado a sus pies. Esta obra quedó inconclusa porque le sorprendió la muerte.

     Eduardo Fulco, por causa de su sociopatología intento vivir aislado del mundo, de un mundo que le resultó adverso a su manera de pensar. Vivió como un ermitaño, intentó escondérsele a la Historia para lo que se encerró voluntariamente en aquella vieja casona colonial de la calle Bolívar. No se sabe a ciencia cierta que lo motivó a dedicarse a la pintura; probablemente fue por  inclinación natural. Sobre este punto la historia de la pintura registra muchos casos curiosos que reafirma este ejercicio especulativo. Giorgio Vasari (1511-1574) el primer historiador del arte occidental, escribió un conjunto de biografías de los artistas más importantes del Renacimiento titulada: “Vidas de los más Excelentes Pintores, Escultores y Arquitectos”, de la que referiré, entre otros tantos, dos en particular. Señala Vasari que Giotto pintaba ya desde los 10 años de edad, sus trabajos eran tan excelentes que los aldeanos del lugar donde vivía alababan sus dotes artísticos. Continua vasari, aprendió a pintar por inclinación natural, sin maestro alguno que mereció ser llamado discípulo de la naturaleza, y solamente de ella. El otro caso es el de Lionardo da Vinci, quien siendo un niño tenía aptitud para la pintura, por lo cual, su padre Piero da Vinci lo llevó al taller de Andrea del Verrocchio a perfeccionar este arte. En un encargo que le hicieron a Verrocchio de un cuadro. “San Juan Bautizando a Cristo”, Lionardo hizo un ángel que quedó mucho mejor que las figuras que había pintado su maestro, por tal motivo, éste, no quiso volver a pintar. De manera que la escogencia de la pintura, por parte de Eduardo Fulco pudo haber sido por inclinación natural, como lo ilustran estos dos ejemplos.

       Esta decisión de Fulco de aislarse de la sociedad e incluso de su familia en una aptitud nihilista, motivó su encierro, que debido a esto, generó en él un ocio, en la que encontró terreno fértil, su vocación pictórica, sin darse cuenta, que cada cuadro que pintaba, era una huella que dibujaba en la Historia de la Pintura Anzoatiguense, para ser recordado para siempre.


Los Teques, 22 de enero de 2012

Manuel Bas, Profesor Agregado. Universidad Simón Rodríguez

sábado, 14 de enero de 2012

RODOLFO ALBARRÁN

 
Rodolfo Albarrán
Laberinto de Jesús, 2006
Acrílico sobre tela
40 x 60 cm
Puerto la Cruz, estado Anzoátegui
Colección Manuel Bas.




RODOLFO ALBARRÁN UN PINTOR DE ANÉCDOTAS Y TRADICIONES



     Rodolfo Albarrán, pintor autodidacta, nació en Puerto La Cruz, Estado Anzoátegui, Venezuela el 19 de enero de 1954. Actualmente está residenciado en la calle ''El Cuji'' N° 40 de Puerto Píritu, estado Anzoátegui. Sus primeras pinturas datan de principios de los años ochenta.

   Sus obras han sido expuestas en la Casa de Subasta ''Odalys'' de Caracas, en noviembre de 2002 participó en la VII Bienal ''Salvador Valero'' de Arte Popular en el estado Trujillo y en el (2007) su obra fue exhibida en el Museo Anzoátegui de Barcelona en la muestra Arte Popular del Estado Anzoátegui, Homenaje a Gerardo Aguilera Silva.

   Su pintura realizada en acrílico sobre tela; básicamente está orientada en dos tendencias: lo anecdótico y lo tradicional. En ellas recoge sus vivencias que es producto de su largo peregrinar por la región central de país; como un pintor peripatético, improvisa su taller al aire libre donde pinta sus cuadros. Rodolfo es un pintor de pueblo y citadino lo que hace reflejar en su obra ese sincretismo de lo tradicional con lo moderno.

   También expresa en sus cuadros tradiciones religiosas (procesiones, crucifixiones, velorios de Cruz de Mayo), folklóricas (Pájaro Guarandol, Baile de la Burriquita), faenas pesqueras propias del hábitat donde creció. Ha pintado también caza de iguanas, paisajes urbanos, entre otros.

   Su trabajo lo desarrolla con una pincelada intuítiva, gestual y muy emotiva, generalmente sobre un fondo negro con ausencia de perspectiva que compensa con una colorida esquematización de gran valor compositivo que lo sitúa entre uno de los baluartes de la pintura popular del Oriente del país.*


Rodolfo Albarrán
Boda de Pueblo, (2005)
Acrílico/tela
60 x 90 cm.
Colección Manuel Bas


Rodolfo Albarrán 
Pelea de Gallos, (2005)
Acrílico/tela
60 x 50 cm.
Colección Manuel Bas


Rodolfo Albarrán
Velorio de Cruz de Mayo , (1991)
Acrílico/tela
48 x 58 cm. 
Colección Manuel Bas


Barcelona, Febrero de 2008

Manuel Bas, Profesor Agregado Universidad Simón Rodriguez.*

domingo, 8 de enero de 2012

LUIS DIONISIO RODRIGUEZ





Luis Dionisio Rodríguez.
Bolívar y Sucre en Combate, 2011.
Mixta sobre tela.
50 x 40 cm
Barquisimeto, Estado Lara.


Luis Dionisio Rodríguez La Pintura Como Tradición


Hay en el argot de los larenses, un adagio que refleja su gentilicio cultural, es que en Lara: “El que no es músico, es pintor”. Luis Dionisio Rodríguez, toma la afirmación anterior magnificándola, porque este creador hace las dos cosas: música y pintura.  

Nuestro artista nació el 21 Junio de 1921 en El Tocuyo, en el caserío El Almorzadero del estado Lara donde vivió hasta finales de los cuarenta, cuando se residencia en Barquisimeto donde ha residido hasta el presente. Desde niño le gustó la música, lo que lo llevó a participar en programas para aficionados como cantante de canciones relacionadas con la tradición regional. Además de músico se dedica a la carpintería y a la fabricación de instrumentos de cuerda, que naturalmente, los sabe ejecutar. 
 
      Así como en la música, en la pintura es un autodidacta, oficios estos que aprendió por su necesidad espiritual de expresar a través de su arte los elementos autóctonos de Lara. Su pintura recoge escenas de su niñez, juego de bolas, bautizo, parrandas, matrimonios, procesiones; y algunos temas de crítica social, de carácter conservacionista, como el del cardenalito, ave venezolana en vía de extinción. 
     Otro elemento característico de la obra de Luis Dionisio Rodríguez es la perspectiva que emplea, la cual no cumple con las leyes establecidas a partir del Renacimiento, ya que ignora las mismas. El plasma en el soporte: cartón piedra o tela; anécdotas, pedazo de realidad y recuerdos de su infancia, juventud, que realiza con la línea del horizonte, con puntos de vistas altos, bajos, con efectos o no de distorsión. Sus líneas del horizonte dejan de ser horizontales, y en muchos casos, la horizontalidad no existe. Contrapone los planos, líneas y puntos de fuga que no responde a lo que entendemos ordinariamente por perspectiva. Sus obras muestran una colección de perspectivas contradictorias, que dialogan entre si; tejados y calles imbricados por la que transitan personajes sin respeto a la ortogonalidad, ni a los convencionalismos espaciales, sin importarles si caminan por calles o cielos; la mayoría de las veces desdeñados, completamente planos y deformes, y a la vez llenos de expresividad y candorosa simpatía. 
     Al penetrar, con mayor detenimiento en la obra de este creador, quien la mire comprenderá que ese caos arquitectónico no es tal, que es sólo aparente, que responde a un orden y a leyes propias de un maestro que se acerca a la creación artística con ingenio, intuición y pasión para ofrecernos la tradición de un pueblo *

Los Teques, Noviembre 2011

*Manuel Bas Profesor Agregado, Universidad Simón Rodríguez